Tusheti, paisaje onírico

Todo un espectáculo de la naturaleza delante de mis ojos, debajo de mis pies.

Sin saber muy bien el porqué, había algo especial en aquel entorno, algo que de una forma u otra llamaba a priori mi atención de una forma particular. Mis deseos por descubrirlo aumentaban a medida que transcurrían los días y me acercaba a la zona; a sabiendas de la dificultad que, según los locales, solía entrañar.

¿Sería lo remoto del lugar? ¿Sus pueblos estancados en otra dimensión temporal? ¿O quizás su afamada e imponente carretera de acceso a través del Abano pass (2850m)? Sin saber certeramente la razón de tan magnética atracción allí estaba yo, a sus pies dispuesto a disfrutarlo y sufrirlo a partes iguales.

Tusheti, una región a merced de la naturaleza que la rodea, un lugar que roza lo onírico y lo épico a pesar de encontrarse a una altitud relativamente normal y que cuenta sin duda con una esencia extraordinaria.

‘Carretera de la muerte’ Tusheti

Y es que para llegar a dicho Parque Nacional, uno de los más grandes de Europa, primero había que recorrer la temida ‘Carretera de la muerte’ durante más de 60km hasta Omalo, capital de la región. Puede parecer exagerado, pero solo el que la recorre logrará entender el porqué de tan maldito sobrenombre, ya que en el transcurso de los años han sido muchxs lxs que han perdido sus vidas en esta peligrosa vía, como atestiguan las numerosas esquelas que por el camino se pueden encontrar.

De ahí las dudas iniciales que rondaban mi cabeza antes de afrontar semejante aventura con la pesada Carmela. Pero merecería la pena. Y aquellas elevadas rampas de piedra y roca suelta con desniveles de hasta 25% en algunos de sus giros imposibles quedarían grabados en mi memoria y en el cuerpo de Carmela como uno de los grandes puertos de montaña que he podido pedalear.

Hubo que empujar en los kilómetros iniciales dada la gran cantidad de desprendimientos, barro y zonas pedregosas que hacían casi imposible el pedaleo. Para acabar después disfrutando de cada uno de los giros y admirando cómo el paisaje cambiaba conforme ascendía y los árboles se quedaban atrás para dar paso a verdes montañas, caídas de agua que empapaban el camino como fruto del deshielo de las nieves más altas, y hasta glaciares de varios metros que formaban paredes entre las cuales discurría el camino, haciéndome sentir minúsculo ante bloques de tal magnitud.

Increíbles giros

Todo un espectáculo de la naturaleza delante de mis ojos, debajo de mis pies.

Tras alcanzar el punto más alto, el camino se sumergía en un territorio hostil cerrado al paso por las intensas nevadas e inestabilidad del terreno durante la mayor parte del año, aunque de un llamativo e intenso color en esta época estival, cuando el verde grisáceo de sus bosques de coníferas resalta sobre el claro tono de sus pastos y mantos verdes que parecen haber sido tapizados con una precisión minuciosa.

Pero como siempre en estas alturas, la naturaleza es la que manda y ésta decidió ponernos a prueba en varios momentos del camino. Como aquella intensa lluvia mientras recorríamos una zigzagueante subida al tiempo que nos veíamos golpeados por goterones que impactaban con vehemencia sobre nuestros cuerpos, importando bien poco si estábamos un poco o muy mojados, y sorteando los ríos de barro que descendían por el camino. Toda una experiencia, cuanto menos.

Sin embargo, también pudimos gozar del buen tiempo. Aunque Simon decidió quedarse descansando, yo preferí introducirme en la profundidad del parque para descubrir y sorprenderme con esos magníficos pueblos construidos enteramente con pizarra y cuyos pocos habitantes (suben solo para la temporada de verano) se cuestionaban la presencia del primer turista de la temporada.

Dartlo

Dartlo o Parsma son algunas de esas aldeas que no te dejan indiferente, donde el tiempo parece haberse detenido arquitectónicamente hablando. Como si formaran parte de un cuento medieval con sus bien conservadas altas torres defensivas y fortalezas. Lugares fotogénicos donde los haya y más placentero aún sin la presencia del turismo masivo, pudiendo trasladar mi mente a tiempos pasados… dejando que vuele libre escuchando el agua brotar aquí y allá y el silencio reinando majestuosamente en tan mágico instante.

Necesitaría varios capítulos de un libro para describir lo experimentado y vivido en aquellos mágicos parajes. ¿He dicho libro? ¿Alguien querría leer ese libro? Llegará, todo a su debido tiempo.

Mientras tanto, sigo dejando tras mis pasos lugares para el recuerdo, vistas con las que alimentar mi mente y momentos con los que se me va rellenando el alma. Sigamos pues, creciendo y aprendiendo a la par que viajando a lo largo de esta vida nómada por la que voy fluyendo.

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