Turquía, un nuevo despertar

Necesitaba aire, aire fresco que respirar.
‘Aire aire, pasa pasa’, cantaba José Mercé.

Costumbres, cultura, comidas, gente… esas que hasta hace muy poco existían en mi imaginación comienzo por fin a experimentarlas. Necesitaba un cambio en toda regla tras el largo estadío en Georgia. Necesitaba sentir el movimiento, el cambio en mi propia piel, como el nómada que por instinto se mueve una y otra vez.

Llevo horas sentado en el sillín, como cada día, y ahora, cuando el sol comienza a enfilar el horizonte y la luz se vuelve cada vez más tenue y cálida a la vez, dándole un tinte dorado a los extensos campos amarillos que reinan en esta región, en mi cabeza se empiezan a escribir estas palabras dándole sentido a lo experimentado en estas primeras semanas en el país otomano.

Apenas 13 días que me han llevado a una Turquía muy especial. Aquella donde la tierra es la que manda y la que da de comer a sus habitantes, trabajándola de sol a sol para obtener sus frescos productos y venderlos al ritmo de pegadizos cánticos mientras pasean sus carros en ciudades donde una gran mayoría es kurda.

O paseando sus numerosos rebaños de ovejas, cabras, vacas e incluso gansos en determinadas zonas (devolviéndome inevitablemente a mi paso por el Kurdistán iraní) que atestan los campos de esta empobrecida parte del país al tiempo que me saludan con sus silbidos y varas alzadas cuando me ven pasar.

Una Turquía rural, muy rural, y con una variedad paisajística que me está dejando anonadado. Es increíble cómo cambia el entorno que me rodea recorriendo tan solo unas cuantas decenas de kilómetros. Desde las orillas del Mar Negro en mi primer día, a bosques de pinos en una de las subidas a 2500m que por su verdor y frondosidad me hicieron sentir como en los Alpes suizos a la vez que giraba en cada una de sus muchas horquillas.

Pero, de repente, al otro lado del puerto de montaña  el paisaje cambió drásticamente, y con él aparecieron lagos a 2000m de altitud (lago Çildir, en el cuál me cayó una tromba de agua intensa), caravanas de tractores procedentes de los muchos campos donde en esta época almacenan bloques de alpaca, hasta llegar para mi sorpresa a montañas rojas y de colores ocres que contrastaban con los álamos y manzanos que crecían en las veredas de los ríos. Una cascada donde menos lo esperaba y vistas al monte más alto de Turquía (Ararat). Un manjar para la vista en el lejano este del país a lo largo de las fronteras de Armenia e Irán.

Una región en la que el mayor pasatiempo es realizar un picnic en cualquiera de los parques designados para tal actividad a las afueras de las localidades o en parajes naturales en los cuales les encanta pasar el día en familia, acompañados por barbacoas y litros de té que no dudan en ofrecerme a mi paso. Té, té y más té, sin duda la bebida por excelencia para los locales, y a la cual he sido invitado en tantas ocasiones que ya he perdido la cuenta.

Pero esta ruralidad trae de la mano un problema que a menudo afronto cuando los niñxs se aproximan para saludarme repitiendo la única palabra que tristemente conocen en inglés, «Money, money» (dinero, dinero).

No obstante, prefiero quedarme con la inacabable e incalculable hospitalidad de muchos otros, con esas curiosas sonrisas que se dibujan en sus caras al explicarle con señas y unas cuantas palabras el cometido de mi aventura y el número de kilómetros recorridos desde que comencé a vivir encima de mi bicicleta allá por 2017 en Tailandia (casi 14000 km). Ese contacto, tan real y natural, no tiene precio alguno siendo éste el regalo más valioso que me puedan hacer. La humanidad reflejada en caracteres concretos.

Porque el guión de esta aventura es más fácil de escribir cuando uno está dispuesto a dejarse impresionar. Solo hay que dejarlo fluir, que el camino te lleve en volandas por vías no descritas con antelación, para que así sea el presente mismo el que se encargue de darle sentido a todo lo acontecido. Siendo yo un mero personaje que se sorprende con el devenir de esta historia, engalanada a diario con personajes y factores que parecen surgir como por arte de magia. Dejemos pues que se siga completando este relato.

Me despierto hoy con los rayos del sol traspasando mi tienda y  un silencio solo quebrado por las olas que rompen contra las rocas en estos acantilados del lago más grande de Turquía, Lago Van, tan diferente y único en cada uno de sus rincones.

Ayer mismo me encontraba durmiendo en una playa de arena y disfrutando de un buen baño en una playa rocosa con sus aguas turquesas y de una claridad traslucida que permitía ver su fondo. Hoy amanezco y disfruto de este preciado entorno donde entre párrafo y párrafo me refresco y refugio por momentos del calor abrasador ante la ausencia de sombras en la pequeña península donde paso mi día de descanso. Por momentos me traslado al mar, a ese Mediterráneo de calas de revistas de viajes pero con una gran diferencia, la ausencia del turista.

Termino este relato con un extracto que escribí hace ya algunos días justo antes de irme a dormir en un lugar muy especial, uno de los muchos en los que estoy pudiendo acampar.

«Si la inmensidad del cielo se pudiera describir con palabras, no habría calificativos suficientes para expresar la magnificencia de lo que tengo encima de mi cabeza en este momento. Un manto con incontables estrellas y planetas brillantes que se despliegan (tras varias noches atiborradas de nubes) para cubrir de glamour una noche ya de por si especial.

No todos los días acaba uno durmiendo en los aposentos de un antiguo palacio, con unas vistas que me dejan boquiabierto al tumbarme en mi tienda, viendo cómo la vía láctea marca mi camino hacia casa y donde las estrellas fugaces, tan típicas de estos días de agosto, (ya van dos en apenas un rato, las famosas Perseidas) parecen jugar conmigo al pilla pilla. Y yo aprovecho para pedirles ese deseo ‘obligatorio’ para continuar viviendo de esta bonita manera.

Puro espectáculo natural una vez más, tan cerca y tan palpable.  Y todo por la casuística de haber llegado de noche a este lugar fronterizo con Armenia y haberme perdido en la oscuridad, literalmente, en un mundo del pasado al atravesar las murallas de este complejo que solo me ha mostrado sus sombras.

Impaciente, aguardo a los primeros rayos de luz para que mis ojos se deleiten al amanecer con el lugar que el azar ha escogido esta noche para nosotros. Buenas noches Carmela.»

«Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio.
Lo que más me importa es vivir.»
(Federico García Lorca)

Lago Van





Deja un comentario

No publicaremos tu email en tu comentario.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

es Español
X