Ser más humanos

Todo comienza de una manera simple, a menudo con un típico saludo en la lengua local o con suerte en inglés y las consiguientes preguntas que parecen estar escritas en un libro de formalidades y/o curiosidades generales en cada uno de los países por los que me está llevando esta aventura en bici. «Where from?» «Country?» «Are you alone?» (¿País? ¿Estás solo?).

Pero en muchas ocasiones el devenir de estos encuentros fortuitos toma sendas inesperadas que ni por asomo puedo prever al comienzo de los mismos, dando paso a muestras de hospitalidad sinceras que logran emocionarme al comprobar la bondad más absoluta del ser humano ante un desconocido que tan solo tuvo la fortuna de pasar por aquel lugar y en aquel preciso instante con su cargada bicicleta.

Instantes… esos períodos cortísimos de tiempo que son capaces de generar momentos únicos y darle un carisma especial a mi día a día. Y yo, que por mi forma de viajar me dejó seducir por cada uno de ellos, caigo en las garras de la improvisación, una de las protagonistas principales de Tras mis pasos.

Es así como han aparecido en mi camino toda esa gente que de una manera u otra se ha prestado a ayudarme y a dedicar su tiempo a estar conmigo.

Dejaba atrás el este del país y las prístinas aguas del lago Van para adentrarme en el calor extremo (42-43°C) de la histórica Mesopotamia. Concretamente en la parte alta de la misma, donde el Tigris y el Eufrates se presentan antes de rodar hacia tierras meridionales a su paso por la cercana Siria, de la cual me han separado tan solo 2’5 km y dos grandes muros en mi opinión inhumanos y llenos de odio, y de camino a la actual Iraq. Una vez más, al igual que me ocurrió con Afganistán, tan cerca y a la vez tan lejos por culpa de las atrocidades cometidas entre seres «inhumanos».

Emoción e ilusión por rodar en un territorio con semejante importancia histórica, aquella en la cual se desarrollaron las primeras civilizaciones hace más de 5000 años ante la fertilidad de sus tierras regadas por dos de los ríos más influyentes. Pero el sofocante y tórrido calor que apretaba a medida que avanzaba hacia el sur consumía la energía que necesitaba para pedalear durante horas y horas en estos largos días.

Días en los que he rodado entre campos de cultivo de maíz, pimientos (que dejan secar en fardos enormes para después venderlos en los bazares), melones y sandías que sus vendedores compartían conmigo al verme pasar y por supuesto los característicos alfóncigos que dan fruto al codiciado pistacho, con su cubierta rosácea en su estado más fresco y tan demandado en el mercado mundial. Aunque se desconozca en muchos casos el origen y la forma del mismo.

Ni qué decir tiene la similitud de los entornos por los que voy pedaleando con mi Andalucía natal y los campos que rodean mi querido Ardales, con el olivo como protagonista de un escenario que huele a alperchín y que retrae mi subconsciente a mis edades más tempranas.

Al igual que esas higueras cargadas de higos amarillos, las uvas y pasas puestas a secar y los dulces sirios (árabes) que tanto en forma como en sabor se asemejan enormemente a las famosas galletas de almendras de mi pueblo y los ‘mantecaos’ que con mi abuela preparábamos los primeros días de diciembre para pasar unas dulces navidades. Demasiadas similitudes, ¿verdad?. Recuerdos y más recuerdos que me hacen sentir más cerca, esta vez más que nunca. No quiero ni pensar qué sentiré cuando la brisa del Mediterráneo acaricie mi faz en tan solo un par de días, aquí en el otro lado del Mare Nostrum.

Pero el baklava… Oh amigxs, eso es otra historia. Una delicatessen turca en toda regla e inigualable en cuanto a dulzor e intensidad de su sabor mientras se deshace en la boca en tan solo un bocado.

Al igual que sus ciudades (Midyat, Mardin, Şanlıurfa o Antakya), que al más puro estilo árabe suponen una delicia visual al perderme sin un rumbo determinado por sus calles, por el simple placer de pasear por esos barrios lejos del trazado turístico por los que siento una atracción magnética y que me llegan a enamorar. Una mezquita en un rincón, la tienda de barrio en el otro, el sastre que descansa del calor del medio día tumbado en su taller… Hasta llegar al bazar, donde el bullicio de sus vendedores, transeúntes y curiosos como yo, se funden en uno para crear un ecosistema especial. Ese que tan solo se vive en el universo único que conforman las diferentes piezas de un bazar. Fascinante cúmulo de sensaciones.

Como cuando resuena la voz del muecín en el aire lanzando su llamada a la oración desde las mezquitas, llevado por el eco que retumba en los muros de sus calles perdiéndose el sonido entre sus estrechas y sinuosas callejuelas que conforman un entresijo de calles de plano discontinuo, haciéndome viajar en el tiempo cuando al escucharlo cierro mis ojos y me relajo dejándome llevar por el viento y una paz especial.

Paz y energía positiva que siento en todas y cada una de esas personas que en las últimas semanas me han dejado fascinado admirando cómo la hospitalidad no conoce límites. Nombres propios como Bişar, Ibrahim, Ardal o Taylan, entre otros, que dejan de ser solo nombres para convertirse en historias que contar a otros y demostrar que pese a lo que nos muestren a diario, aún queda mucha gente dispuesta a ayudar a cambio de una simple y sincera sonrisa.

«¡Qué maravilloso es que nadie tenga que esperar un instante antes de comenzar a mejorar el mundo!»


«Creo que a pesar de todo, la humanidad es buen

Anna Frank

1 Comment
  1. Avatar

    Què me alegro mucho de que haya personas como tú, que desde su experiencia valiente nos acerquen a otros seres humanos, ya idènticos en lo esencial, tan lejanos y diversos.

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