Tengo un sueño

‘Tengo un sueño’, decía Martin Luther King.

‘Yo también’, pensé el otro día mientras pedaleaba mi último puerto de montaña tibetano.

Si bien es cierto que nuestros sueños no son comparables, ambos tenemos algo en común: el deseo de que no se pierdan en nuestra imaginación y pasen a fomar parte de nuestra realidad.

Soñaba con viajar sin ataduras, sin contar los días que me quedaban de vacaciones para volver a mi antigua realidad, y aquí estoy, en un oasis en mitad del desierto de Gobi tras más de dos años en movimiento.

Soñaba con pedalear desde Asia a Ardales a bordo de mi Carmela, y aquí estamos, en nuestro mejor momento de este largo viaje, cada vez más cerca de Europa y con 6000km en mis piernas un año después de haber decidido, sin experiencia alguna, viajar en bicicleta atravesando dos continentes.

Último puerto tibetano

Poco a poco voy pasando páginas en este camino, cumpliendo algunos de esos sueños en los que me perdía hace tan solo unos meses, mientras mi imaginación volaba como lo hacía Peter Pan hacia Nunca Jamás, y como lo sigue haciendo pensando en todos esos momentos que están por llegar en los proximos meses con la visita a las montañas Pamires en países cuyos nombres son impronunciables (sabiendo que acaban en -stan) y difíciles de ubicar en el mapa.

Han pasado 10 días desde que retome mi camino en Chengdu en dirección a Xining y el noroeste de China y no puedo estar mas satisfecho con cómo han ido las cosas en la carretera. Una vez más nos hemos dejado llevar por la belleza del entorno, que fue in crescendo a medida que subíamos metros hacia el altiplano tibetano, sin ningún tipo de problema mecánico añadido.

Rebaños de yaks en la meseta tibetana

1000km de belleza en estado puro (vale, quizás no en la salida de la gran ciudad). Y cuando digo belleza me refiero a todos los componentes que han formado parte de este camino, tanto paisajística como humana, lo cual no deja de sorprenderme aunque venga siendo lo habitual en este gran gigante que es China, una autentica mixtura cultural que convive en cierto grado de armonía.

Y es que en China, puedes pasar de zonas repletas de banderas de rezo tibetanas entre estepas verdes serpenteadas por pequeños riachuelos a la aridez de montañas rojizas, como si de Colorado se tratase, donde los minaretes de las mezquitas crecen hacia el cielo, recordándote la influencia musulmana. Pasando por cañones excavados por esos bravos ríos, que en las alturas no eran más que gentiles y delicados meandros donde los yaks se bañaban, y pueblos de adobe que parecen empatizar con la tonalidad de las montañas que lo rodean, donde aparecen pinturas budistas en sus paredes.

‘Qué maravilla de país’, he pensando para mi mismo más de una vez, sin poder reprimir ese grito al aire de sorpresa ‘Guauuu, que chulo’

Cualquiera que me haya escuchado pensaría que estoy loco… pues sí, un poco sí, pero que más da si es la sensación que provoca todo esto dentro de mi, y de Carmela, que sabe que toca foto y se engalana para la ocasión.

Abrir la cremallera de la tienda por las mañanas, despertado por el silbido de un pastor a caballo guiando sus yaks al monte para pastar, o por unas señoras rezando alrededor de la ermita donde acampé, y que por sus rasgos faciales y sus trenzas bien podriamos pensar que estamos en el altiplano andino, trayéndome té y pan para el desayuno; o yéndome a dormir bajo un cielo estrellado tras una cena a base de carne de yak y cervezas dentro de una yurta con los ‘vecinos’ de las yurtas mas cercanas, sin llegar a entender una palabra en horas, son momentos que te deja el viajar en bicicleta de la forma en que lo estoy haciendo.

Mujeres rezando alrededor de mi tienda

Viaje que me ha dejado una de esas experiencias que te hace reflexionar acerca de la bondad y humildad del ser humano, cuando una pareja de nómadas me invitó a cenar con ellos. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que no tenían luz en su tienda, y que el menú de esa noche iba a ser algo tan básico como harina mezclada con agua, azúcar y un poco de mantequilla. El simple hecho de estar allí compartiendo con ellos lo poco que tenían me hizo disfrutarlo como si de un manjar de boda se tratase.

No podía creérmelo. Cuanto menos se tiene más se da, porque no existe la codicia ni avaricia a la que estamos acostumbrados en occidente

Con todas estas anecdotas en mi cabeza, hace dos días cogí un tren rumbo Turpan, en plena Ruta de la Seda, donde me encuentro esperando mi bicicleta (nos separamos porque ella tenía que ir en otro tren) para proseguir mi camino por Asia Central, otro de mis sueños de los que hablaba al comienzo. Aunque antes habrá que pasar la ‘conflictiva’ (según el gobierno chino) y por tanto policialmente controlada en exceso región de Xinjiang hasta Kashgar, ya cerca de la frontera con Kirguizistán.

‘Cree en ti mismo’, me dijo ayer una profesora jubilada en un perfecto inglés mientras compraba algo de fruta en la calle. Consejo de madre que me encantó y que sin duda tendré en cuenta para cruzar las duras montañas que me esperan.

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