No es oro todo lo que reluce

«No es oro todo lo que reluce», sabia frase del refranero español que describe a la perfección en tan solo unas palabras mi situación en las últimas semanas de viaje.

Se me había olvidado cuando reinicié mi camino hacia Europa a principios de Abril tras el parón invernal, lo mucho que puede cambiar la experiencia en carretera en función de los problemas que uno pueda llegar a tener o como es mi caso que Carmela y algunos de mis materiales puedan tener.

No quería llegar a este punto y por desgracia, quizás por no haberlo sabido controlar, he vuelto a revivir momentos negativos emocionalmente como aquellos que me acompañaron en mi recorrido por Vietnam, cuando Carmela decidió no estar de mi parte y ponerme muchísimas trabas en el día a día, convirtiendo algo tan fácil como rodar en un auténtico suplicio que afectó a mi vida más personal. La sombra de abandonar el proyecto me acechó en demasiadas ocasiones, entrando en una espiral de negativismo que para nada me ayudaba a mirar hacia adelante.

Situación muy similar a la vivida en el trayecto que me ha llevado desde las tierras sureñas bañadas por el Mediterráneo hasta la tan europea ciudad de Eskişehir, apenas a 200 km de Estambul.

La magia del cicloturismo

En poco más de 600km, y cuando afrontaba con optimismo el camino hacia la antigua Constantinopla, los inesperados sucesos se fueron repitiendo continuamente a pesar de la buena condición en la que se encontraba Carmela y la adquisición de nuevos materiales para hacer mi vida nómada más sencilla. Podría explicarlos y entrar en detalle sobre cada uno de ellos, aunque no me ayudaría en absoluto a deshacerme de esos pensamientos que tanto me han estado afectando y que desafortunadamente me siguen influyendo en el momento en el que estoy escribiendo estas palabras, pues aún, y a pesar de haber tratado de resolverlos, quedan aspectos que solucionar (como es el caso del hornillo nuevo de gasolina que me está suponiendo un auténtico comedero de cabeza). ¿Mala suerte? No sé si llamarlo suerte o quizás exista algún otro término más adecuado, pero sin duda hay algo no intrínseco que no ha querido estar de mi lado.

No obstante, estas desdichadas semanas en cuanto a lo material me han servido para igualmente darme cuenta de que hay algo mucho más importante y que hace que se me olviden ciertos problemas al menos durante unas horas. El cicloturismo. El hecho de moverme sobre dos ruedas por caminos que no conozco, dejándonos llevar por los paisajes que nos rodean y nos hacen sentir tan pequeños, recibiendo el cariño y la amabilidad de toda esa gente que con curiosidad y con ganas de ayudar se acerca a mí para charlar un poco a pesar de la barrera lingüística, los momentos en los que elegimos lugar para acampar y con admiración montamos la tienda de campaña en un lugar único y diferente al del día siguiente… Y cómo no, haber podido contar con la compañía de mi buena amiga Tuğba, la cual ha sabido aguantar pacientemente mis ataques de ira por todo lo que estaba aconteciendo y sacarme una sonrisa cuando más lo necesitaba.

Ésa es mi vitamina. Éstas son las razones por las cuales me despierto cada mañana pensando en aquello que está por venir y en todas esas sorpresas que la vida tiene preparadas para mí.

Por eso, a pesar de cadenas, radios o llantas rotas, al empezar a pedalear el tiempo se paraba, mi cabeza no pensaba en los problemas, y mi cuerpo se relajaba disfrutando de las bellezas que este estilo de vida me proporciona, dejando esos contratiempos que todxs tenemos a un lado para centrarme en lo realmente importante. No ha sido fácil, he de admitirlo, pero en esta ocasión y a diferencia de Vietnam, tenía seguro que quiero seguir adelante aunque tenga que adaptarme a circunstancias adversas.

Riza y su hospitalidad

Turquía no deja de sorprenderme a cada kilometro que recorro por ella. Hemos pasado por pueblos poco habitados donde la hospitalidad recibida nos ha dejado perplejos, recibiendo frutas, verduras, cenas, almuerzos, y sobre todo mucho té y pan. Además, nos ha quedado aún más claro que Turquía no es para nada un país uniforme en cuanto a sus gentes, sino una mezcla cultural y étnica en la que los rostros, colores y facciones cambian de pueblo a pueblo, así como las costumbres, gastronomía y hasta las vestimentas. De los circadianos a los vivaces colores de los turkmenos, las pálidas teces y la claridad de los ojos de los centro asiáticos y los hábitos de los búlgaros o balcánicos. Toda una miscelánea que no nos ha dejado indiferente y por la cual nos hemos dejado impregnar a base de encuentros aleatorios y muchas preguntas para resolver nuestras dudas y seguir enriqueciéndonos.

Al igual que su gente, la variedad paisajística en tan pocos kilómetros de distancia ha sido bestial. Hemos subido montañas, donde la primavera trataba de echarle un pulso al invierno, que en ocasiones se resistía a marcharse, a través de carreteras que atravesaban bosques de coníferas propios de un clima mediterráneo y de media altura, cruzado lagos y salinas que nos daban la bienvenida a un territorio más propio de las montañas del Pamir en Kirguistán y Tayikistán, donde la vegetación desaparecería para dar paso a un paraje rocoso, árido y con formaciones geológicas que nos hicieron sentir en lugares mucho más remotos de los que estábamos.

Montañas que me hacen sentir libre

Y concluimos con uno de mis lugares favoritos en este país, el valle Frigio, donde nos perdimos entre sus ruinas de piedra de los siglos VI – VII a.C. siguiendo el legado del Rey Midas y viajando en el tiempo mientras nos adentrábamos en sus cuevas, iglesias, castillos y asentamientos excavados en las rocas, originando lugares de acampada inigualables. Una auténtica exhibición natural y cultural que mucho me recordó en cuanto a semejanza a la tan popular Capadoccia, aunque sin turista alguno y con una mayor paz y tranquilidad.

Ya queda menos para abandonar el continente asiático, ese que me ha brindado tantos y tantos momentos, vivencias y sobre todo aprendizajes en los últimos 5 años. A la vuelta de la esquina puedo ver al mal denominado «Viejo continente» asomándose sigiloso para prácticamente darme la bienvenida a esas tierras que parecían no llegar nunca.

Pero antes habrá que pedalear para llegar a la última parada de esta Ruta de la Seda que inicié en el otro lado del continente en el gran gigante chino. Estambul me aguarda en una situación muy diferente a aquellas en las que la visite allá por 2008 y 2011, aunque esta vez podré decir que entré en esta gran urbe a caballo entre Asia y Europa a lomos de mi Carmela, buah!

“Recuerda que la felicidad es una forma de viajar, no un destino.”

Roy Goodman
Camping en el valle Frigio
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