Un festín para los sentidos

Hay cosas que se resisten al cambio radical y vertiginoso al que estamos sometidos en nuestras vidas modernas del siglo XXI, donde todo parece ir a una velocidad desmesurada hacia el consumismo más atroz y la división más grande, olvidándose de quiénes éramos hace tan solo unas décadas.

Así es India, un país que pese a la modernización de sus gigantescas urbes, vive sumergida en una realidad irreal para muchos occidentales, como si se tratase de un mundo paralelo, donde todo lo que acontece difiere enormemente de los cánones establecidos en nuestra sociedad.

He aquí el encanto del subcontinente indio, lleno de contrastes palpables por cada uno de sus rincones y entre cada uno de sus estados. Multitud de colores pintan de alegría sus calles, ya sea en forma de sarees (prenda típica de la mujer) llamativos y bien combinados, tiendas de especias, puestos de montañas de frutas y verduras en carros o en el mismo suelo, cometas que sobrevuelan sus laberínticas calles, turbantes de lo más variopintos, sonrisas que reflectan, casas azules, rosas, verdes, violetas, amarillas…

Puesto callejero de polvos coloridos

Olores y aromas intensos que se impregnan en la piel, llegando a lo más profundo de nuestro sistema olfativo. Ese olor tan característico a curries y masalas que desprenden las ollas de los puestos y restaurantes al pasar, el famoso chai (té especiado con leche) al hervir en esos cacillos de hojalata al pie de la carretera o el incienso quemado en templos hindúes para honrar a sus dioses. Aunque también habría que señalar la hediondez procedente de las toneladas de basura que se generan a diario (visible en todos lados por la carente educación medioambiental), sus aguas estancadas y urinarios improvisados.

Pero este país pone a prueba al sistema auditivo una y otra vez, en todo momento, sin importar el día o la noche.

Desde los simpáticos mugidos de las vacas que reinan las calles funcionando algunas incluso como rotondas, pasando por la música a volúmenes tan altos que distorsionan el sonido procedente de cualquier acto político (hay elecciones en unos días), boda, templo, tienda… hasta los estridentes pitidos continuos de los millones de motos, rickshaws (tuk-tuk), coches, camiones, autobuses que provocan una de las circulaciones más irracionales que he visto hasta ahora.

No sería justo escribir estas palabras sin resaltar, para mí, uno de los aspectos más importantes, que hace a la India única por la increíble variedad de su deliciosa gastronomía. Se vende comida por todos lados y desde cualquier punto de venta que puedas imaginar. En ellos me dejo llevar entre chapatis, arroces, curries de verduras y legumbres, dhals (lentejas buenísimas), tortas fritas, samosas, thalis… ¡Todo un espectáculo para el paladar!

Thali, plato típico de la India

Aunque India no sería INDIA sin la hospitalidad y amabilidad de sus gentes, donde mientras unos sonríen y saludan amigablemente, otros se limitan a observar atentamente a alguien que parece haber salido de otro planeta. Donde musulmanes viven puerta con puerta con hindúes, cristianos, jainistas, budistas y sijes, entre otros (sikhs, los cuales reciben y alimentan en sus templos, llamados Gurudwaras, a miles de personas a diario sin importar religión, género, orientación sexual o condición social). Y donde las lenguas son tantas que a veces se ven obligados a usar el inglés como herramienta en común.

En definitiva, estar aquí se convierte en un festival sensorial indescriptible, donde estímulos continuos de todo tipo se unen para crear momentos únicos y provocar sensaciones que quedarán almacenados en algún lugar seguro.

‘Sé el cambio qué quieres ver en el mundo’
Mahatma Gandhi

Al igual que permanecerán en mi memoria las horas escuchando a mi abuelo relatar su juventud, las veces que me mostraba los árboles frutales de su corral explicando cómo hacer un injerto, la primera vez que se vió en la pantalla de un ordenador a sus 89 años en una conversación por Skype a lo largo de este viaje en la cual no paraba de reirse, y cómo no, la obligada entrega de las notas del colegio, instituto y universidad para su evaluación, aunque no entendiera ni los nombres de las asignaturas. Porque para él la Educación era lo más importante, sin ser consciente del ejemplo que ha supuesto este humilde agricultor en nuestras vidas.

Y a pesar de que no entendiese el estilo de vida que tengo ahora mismo, debo agradecerle que aceptase lo que hago, puesto que, como le expliqué… es lo que realmente me hace feliz.

«Bueno Roberto,

po’ yo me voy a acostar ya.

Que descanses abuelo.

Buenas noches.»

Nos vemos en el camino.

Deja un comentario

No publicaremos tu email en tu comentario.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

es Español
X