La aventura comienza de nuevo

Cada nueva pedalada desde que salí de Tbilisi tiene algo, un qué sé yo, un sabor especial. Como esa cucharada de gazpacho que probaste aquella primera vez en Andalucía y que meses o años después vuelves a tomar y no deja de traerte recuerdos a medida que lo saboreas y disfrutas del conjunto sensorial que esto provoca en tu paladar y tu cabeza. ¿Os lo estáis imaginando igual que yo?

Cada una de ellas es tan diferente pero igual al mismo tiempo que me hacen transportarme a momentos y lugares vividos anteriormente.

Pero esto ya no es un sueño, es una realidad que puedo tocar y sentir a medida que me voy alejando de la capital por las campiñas aledañas y perdiéndome por caminos en los que uno puede sentirse realmente solo. ¿Sólo? No. Esta vez, además de contar con la compañía de Simon (cicloturista británico), cuento con mi propia persona, así que no puedo sentirme solo. Esto me hace volver a sentirme libre. Naturaleza, Carmela y yo. No puedo pedir más.

Monasterio David Gareja

Solitario aquel pueblo al que llegamos en nuestro segundo día, no solo por su nombre, Udabno (desierto en georgiano), sino por su remota localización a pocos kilómetros de un monasterio disputado con Azerbaiyán y con poco acceso a agua y bienes básicos en una zona semidesértica que iría en aumento a medida que avanzábamos los siguientes días.

Caminos y más caminos sin máquinas motorizadas, un gusto para cualquier cicloturista que se precie, aunque para ello hubiera que renunciar a la comodidad del asfalto y dejar que cuerpo y alma se vieran removidos por los continuos baches del camino.

Cruzar un valle lleno de tortugas enormes que hacían de aquellos caminos su autovía personal, siendo nosotros los intrusos en semejante y bello medio natural. Una de mis partes favoritas hasta el momento, aquel que acabaría denominando ‘Vall loe de las Tortugas’.

Una de las muchas tortugas del camino

Y del verdor de aquellas colinas limítrofes al dorado propio de los campos de trigo y el color cremoso de las zonas desérticas que fuimos cruzando en una calurosa y tórrida jornada (sobrepasando los 35°C a la sombra). Encontrarnos con abandonadas iglesias rupestres con frescos en su interior y un paisaje totalmente cambiante en aquella montaña rusa de incesantes subidas y bajadas que nos harían acabar el día siendo invitados a una buena ingesta de comida y alcohol con jóvenes azerbayanos de Keshalo, donde de repente viajamos al país vecino y a la, una vez más, desinteresada hospitalidad musulmana. Este mundo no deja de sorprenderme.

Primer día de camping

Abrumados por la curiosidad y generosidad de los locales de esta pequeña Azerbaiyán dentro de la misma Georgia nos dirigimos hacia el popular pueblo de Sighnaghi, que bien podían renombrar como Disneyland, ya que todo parece ser parte de un decorado de ficción en el cual encajan todas y cada una de sus piezas, ya sea en forma de hospedajes o restaurantes.

Y hace tan solo unos días, a comienzos de esta semana, recorreríamos el extenso valle que forma el río Alazani para aproximarnos poco a poco a las montañas del Cáucaso que tanto ansiaba conocer en el municipio de Lagodekhi y su imponente Parque Nacional del mismo nombre.

¿Qué habrá ocurrido a continuación? En los próximos días os desvelaré más sobre estos últimos días. Sólo puedo adelantar que hemos dejado las bicicletas aparcadas y descansando para lo que se nos viene encima próximamente.

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