Truso y la magia de su valle

‘Gracias por haber elegido esta forma de vida’, me repito una y otra vez siendo consciente de lo afortunado que soy por estar aquí.

Extenuante, esa es la palabra que mejor definiría el día de hoy, donde la subida hasta más allá de Gudauri ha marcado la jornada con casi 1400m de desnivel y 32 largos kms. Eso sí, los he disfrutado y sufrido en alguno de los tramos, aunque con asfalto se ha hecho mucho más fácil que el puerto que nos daba la bienvenida a Tusheti (Abano pass).

Verde que te quiero verde, ese verde que reluce con alegría en cada una de sus montañas peladas. No obstante he tenido que cruzar la horrible estación de esquí de Gudauri y todo lo que se mueve a su alrededor en el pueblo, con multitud de obras de grandes hoteles llevándose a cabo. Vaya lugar con tan poco carisma.

Por fin tocaba bajar, habiendo visitado antes el imponente y colorido monumento a la amistad entre Georgia y Rusia, claro está que si nos dejamos llevar por las relaciones actuales entre ambos países, dicho monumento ni siquiera existiría.

Me sumerjo en el valle de Truso, ya cansado y pensando donde podré acampar. Al comienzo avanzo por un valle abierto, donde los camiones no hacen más que salir del río del que extraen piedras.

Diviso de repente un pueblo en ruinas a mi derecha, al otro lado del río. Pero… no es eso lo que capta mi atención. Justo al fondo, así como si nada, se erigen unas montañas nevadas que deben superar cuanto menos los 4500 o 5000m de altura. Dejo a Carmela a un lado y durante unos minutos no hago más que observar atónito tal maravilla que ante mis ojos acaba de asomar de entre las nubes. El tiempo se detiene…

Pico Kazbek (5047m)

El sol juega al escondite detrás de tanta montaña, por lo que decido no seguirle el juego y al lado del camino encuentro un lugar idóneo para pasar la noche. Prefiero no seguir sin saber qué me voy a encontrar. Éste es mi sitio, vigilando desde arriba el río que con fuerza baja por la garganta que forman las montañas.

‘¡Menudo sitio! Mira que luz tan bonita’, pienso para mí mismo. Montar la tienda, expedición al río para darse un baño que sirva de ducha, descargar a Carmela, buscar madera para el fuego. Una rutina que se repite todos los días pero que nunca se hace repetitiva.

Hoy no hay madera para cocinar al fuego, así que toca hornillo aunque el gas ya va escaseando. ¿Habéis pensado cuando fue la última vez que cocinasteis con fuego? Ése es mi día a día, simple y dependiente de la naturaleza que me rodea.

Camping perfecto

Menú de esta noche. ¡Sorpresa! Pasta, una vez más. No tengo una cocina ni una nevera repleta de la cual poder elegir manjares exquisitos. Pero con este hambre me sienta tan bien, sobre todo si puedo hacerlo observando las montañas y el río que tengo enfrente en mi gran jardín que he elegido para esta noche.

Termino de cenar y de recoger todo, empieza a refrescar, no es de extrañar, estoy a 2000m. De repente empieza a resonar en mi cabeza una canción alegre y pegadiza que me es muy familiar (Buhos – Volcans) y empiezo a tararear la letra girando sobre mí dando saltos de alegría mientras agito mis brazos al aire y miro a mi alrededor al tiempo que anochece. Hacía mucho que no me sentía así, y tras un día con un tráfico horrible de camiones que van y vienen camino de Rusia, me sentía libre, eufórico y radiante de felicidad estando solo ante tal inmensidad. Termino dándole vueltas a la tienda todavía cantando la canción. Buah, qué subidón.

Y como cada noche, esta vez durante mucho más tiempo, me asomo al río al tiempo que veo como se pierde hacia la izquierda, entre montaña y montaña. Y curioso, me pregunto, ‘¿que habrá allí detrás después de ese giro?’; ‘¿con qué me sorprenderá la naturaleza mañana?’; ‘¿qué tendrá preparado para mí?’. Es algo que me suelo plantear antes de introducirme en mi casita verde y prepararme para dormir. Ahora solo toca esperar a que la luna que tanto brilla estos días se haga notar.

Increíble valle de Truso

‘Gracias por haber elegido esta forma de vida’, me repito una y otra vez siendo consciente de lo afortunado que soy por estar aquí.

Y Truso no me dejaría indiferente en absoluto al día siguiente. Las imágenes hablan por sí solas, con un conjunto de contrastes de colores continuos y varios pueblos prácticamente abandonados con sus respectivas fortificaciones o monasterios (uno de ellos habitado en la actualidad por monjas). Y vistas, menudas vistas, de esas que quitan el aliento. ¡Madre mía!

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