Al volver de España: Georgia en cuarentena

Momentos de confusión, incertidumbre y sobrecarga informativa.

Mi cabeza en ocasiones se niega a digerirlo y como aquella última gota que colma el vaso, acaba por rendirse ante un virus que parece estar dominando con terror, la mayor parte de los rincones de este preciado planeta, el cual respira aliviado en esta pausa obligada que le está dando la humanidad en lo que es sin duda un periodo ya histórico.

Cargado de ilusión tras un periodo de hibernación en mis queridas tierras andaluzas, el lunes 9 de marzo llegaría entre estrictas medidas sanitarias a Tbilisi o Tiflis, capital de un país a menudo confundido y poco conocido: Georgia (Sakartvelo en la lengua local, que tanto difiere de otras pero que al mismo tiempo se roza codo con codo con el euskera), el cual se extiende entre las montañas del Cáucaso sur y el mar Negro, con una historia demasiado reciente y con conflictos aún por resolver con el país más grande del mundo, Rusia.

Aquella escena vivida en el aeropuerto, más propia de una de las películas más populares de Steven Spielberg (ET), se convertiría con el paso de los días en una rutina a la cual vamos adaptándonos poco a poco.

¡Corona! Nos gritaban al vernos en el mercado

Máscaras, guantes de látex, menos gente por las calles (aunque por aquí se sigue viendo demasiado movimiento), marabuntas y escasez de ciertos productos en los supermercados, cierre de establecimientos, cancelación de transporte público y vuelos de entrada o salida al país, cierre de fronteras a cal y canto… y lo peor, la discriminación que se empieza a sentir en las calles al paso de lxs extranjerxs que nos hemos quedado aquí ‘estancadxs’.

Cierto es que podría ser peor, pues aunque las medidas han sido drásticas desde el comienzo de la crisis (54 casos en el momento de escribir esta entrada), no se puede comparar con la situación en otros países como Italia o España a día de hoy, ya que al parecer aquí todavía podemos movernos ‘libremente’.

Es por ello que llevo unos días pensando si debo o no comenzar a pedalear y recorrer las carreteras georgianas en busca de lugares menos transitados, aunque a sabiendas (por otrxs compañerxs cicloviajerxs) de las dificultades que esto conllevará en la relación con lxs lugareñxs en las áreas más rurales, dónde con recelo empiezan a meterse en sus casas e instan al turista a marcharse, gritándole y dirigiendo malas palabras en muchas ocasiones.

Además, ayer mismo me informaron unos amigos cicloturistas argentinos que, estando en la tienda de campaña camino de las montañas hace un par de noches, aparecieron dos furgones de policía y una ambulancia para llevárselos de allí directos a un hotel para pasar la cuarentena y someterlos a las pruebas pertinentes.

Patio típico georgiano

Aunque bueno, todo es probar y comprobarlo con mis propios ojos. Siempre siendo respetuoso con lxs demás, precavido en cada una de mis pedaladas y abandonando si así me lo requiriesen las fuerzas del estado, en el caso que se declarase el estado de emergencia como se lleva días rumoreando.

Todo esto coincidiendo con el 4° aniversario del comienzo de mi viaje. ¿Quién me iba a decir que el viaje se vería interrumpido por tal circunstancia?

Sin duda, nos ha pillado a todxs por sorpresa y debemos actuar responsablemente para intentar mitigar los efectos del virus.

Eso sí, necesito libertad, esa libertad que siempre me ha acompañado desde el comienzo de esta nueva vida. Ya empiezo a echarla de menos, aunque por ahora tocará esperar por un tiempo.

Mientras tanto, para pasar mejor está cuarentena os dejo algunas fotos de las bonitas calles adoquinadas de la ciudad, sus edificios vanguardistas y tradicionales (con las típicas casas con balcones cerrados de madera), sus calles antes llenas de vida en los bazares, murales callejeros y cómo no, su fantástica gastronomía.

Cena georgiana en mi restaurante favorito

Y por otro lado, una reflexión acerca de las fronteras escrita en mi diario de viaje una noche, allá por Julio de 2019, cuando cruzaba desde Kirguistán a Uzbekistán. Pensamientos que quiero compartir con vosotrxs ahora que todas las fronteras están cerradas.

«FRONTERAS:

Siempre estresante el paso de fronteras, descargando bultos aquí y allí y teniendo que negociar con los conductores del bus para no tener que bajar la bicicleta en todo momento.

Todo es más fácil cuando pasas en bicicleta o al menos esa ha sido mi experiencia hasta ahora, donde ni siquiera he tenido que desnudar a Carmela para ser chequeada.

En mitad de la noche, ya en Uzbekistán y con una hora menos con respecto a Kirguistán, he pasado con éxito los pasos fronterizos que me han llevado durante unas horas por las desarrolladas autovías del país kazajo por dónde el autobús ha volado en un mero tránsito hacia el país de Karimov.

No se por qué pero, aunque sin problemas, en estos lugares siempre se respira hostilidad, sin importar demasiado tu país de origen.

Y pensar qué en tan solo tres días me tocará enfrentarme a la difícil frontera de Turkmenistán…

Malditas fronteras que nos separan.»

Lada, coche soviético

‘Porque, al fin y al cabo, una frontera no es más que un atasco en el camino’

Fernando González, ‘Gonzo’

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