El tiempo, mi devenir

Había algo que me hacía presagiarlo. Algo que me hacía pensar que mi estancia en el Mediterráneo turco se prolongaría mucho más de lo que tenía «planeado». Y no es que suela planear mucho mis movimientos futuros, pero con el otoño encima, el invierno cada vez más cerca y el mes restante de visado en el país otomano, no me quedaba otra que pensar en las posibilidades que tenía cuando empecé a pedalear la costa desde la ciudad de Antalya hasta Fethiye.

Solo tenía una cosa clara, me faltaba tiempo, o quizás mejor decir días en el visado (ya que no tengo restricciones temporales), para pedalear los más de 1300km que distaban a Estambul, y por consiguiente a la frontera más cercana (Bulgaria) siguiendo la ruta que tanto deseaba recorrer, sin dejarme la costa atrás o el magnífico lago de Salda, el cual sigue todavía en el tintero.

Tiempo, ese factor tan importante en nuestras vidas y el cual a menudo infravaloramos preocupándonos por momentos futuros que están por venir, en lugar de pensar en el presente. En el AQUÍ y el AHORA. Así que me decidí a relajarme y dejarme llevar, sin saber muy bien dónde iba a terminar ni a qué me tendría que adaptar (pues con el virus y la nueva situación mundial no es fácil predecir). Pero seguro de que la decisión que tomase sería la adecuada y aquella con la que sacarle más partido al tiempo que tengo.

Una vez aclaré todas esas dudas en mi cabeza, poniendo orden a cierto desbarajuste mental de varios días, me dispuse a darle a los pedales a lo largo de la abrupta costa del suroeste del país.

Montañas cercanas al Mediterráneo

Fui recorriendo carreteras que me hacían transpirar de lo lindo por la alta humedad reinante cada vez que tocaba enfrentarme a las continuas bajadas y subidas que forman parte de este escarpado entorno. Todo un disfrute mental y físico, al combinar mi mayor pasión, las grandes subidas con vistas inmejorables a la costa, y el enorme placer de darme un baño en cualquiera de sus playas de aguas turquesas al final de un exigente día de pedaleo o nada más comenzar el día, al salir de mi pequeña casa verde, con los primeros rayos del astro luminoso.

Región bañada por el sol que aún calienta tímidamente los días de otoño (mucho si lo comparamos con las regiones que se encuentran bajo cero a escasos cien kilómetros hacia el interior) y que con sus desniveles e islotes cercanos a la costa dibuja un escenario propio de Jurassic Park. Donde las frondosas montañas y paredes rocosas verticales se fusionan sutilmente con las aguas de nuestro mar.

A la vez que salpicada por numerosos restos y ruinas que exhiben, a pesar de su decadencia en muchos casos, el esplendor y desarrollo de estas civilizaciones milenarias que perduran a pesar del paso de los siglos. Con teatros, murallas y altas columnas que aún resisten a la acción de la gravedad.

Vistas desde las alturas de Kabak

Y de los pedales y la pesada Carmela a la ligereza de mis piernas y una pequeña mochila con lo esencial para acampar y sobrevivir a 4 días de senderismo por la histórica ruta Licia en una compañía inmejorable con mi amigo Tom, al cual conocí al comienzo de mi vida nómada en Laos allá por 2016, y su amigo Kevin.

Días más que necesarios tras la soledad del camino, cargados de kilómetros pedregosos cual cabras subiendo pronunciadas pendientes y en ocasiones escalando paredes con más del 35% de inclinación. Amenizados por las siempre entretenidas y divertidas charlas repletas de anécdotas de éstos últimos años, acampando en lugares aislados y admirando calas y playas cristalinas de complicado acceso. También he de admitir que hubo momentos de bastante hambre al no prevenir ni planear en absoluto aquellos días de caminata que finalmente resultaron salir casi a la perfección.

Pero para resarcirme de esa falta de alimentos durante aquellos cuatro días llegué a Kargı, pueblecito a 10 km de Fethiye donde desde hace más de un mes me acoge la cicloturista turca Tuğba (quién recorrió más de 16000km por Latinoamérica), y me puse a cocinar como un loco y a disfrutar de la comodidad de un hogar con forma de container de barco preparado para ser habitado.

Vía Licia

Rodeado por un jardín lleno de naranjos y otros árboles frutales que le dan un toque selvático y tropical. Me trae en ocasiones a la memoria mis días en Camboya, sentado en un porche que se ha convertido en lugar de encuentro de viajeros, cicloturistas y convivientes de esta comarca. Todxs bienvenidxs a tomarse un té o almorzar con nosotrxs.

Zona sin duda propicia para pasar los meses más fríos del año que están por venir y evitar de esta forma las temperaturas bajo cero que ya se están registrando en las montañas cercanas y en todo mi camino a la frontera búlgara, que es la única que de momento permanece abierta.

Eso sí, para ello he tenido que reinventarme para así aprovechar mi tiempo aquí. Hace tres semanas comencé a trabajar como entrenador personal (tras haber estado unos días de temporero en los limones) de una mujer inglesa que reside en Fethiye desde hace años. Al tiempo que realizo escapadas con Carmela para descubrir los parajes naturales y bonitas subidas desde el mismo nivel del mar que nos está ofreciendo esta región mediterránea.

Así pues, meses de estabilidad en un lugar a la espera del devenir de los acontecimientos quizás ya a comienzos de un nuevo año que esperemos sea algo más fácil que el actual. Espero que mi culo inquieto no se queje demasiado al no estar en carretera encima de un sillín y acampando como acostumbra.

«Para vivir hay que tener libertad, para tener libertad hay que tener tiempo.»

José MUJICA
Camping frente al mar

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