De vuelta a las carreteras

Qué tendrán los trenes que tanto me hacen pensar, como si el continuo traqueteo activase mis pensamientos y emociones más profundas poniéndolas a disposición de mis dedos para que ellos les den rienda suelta y se pongan a crear, a relatar…con ganas de no acabar jamás.

Pero…ahora que lo pienso, ¿no es eso mismo lo que me ocurre al pedalear? Quizás es el momento de volver a empezar y hacer que la maquinaria que nos da sentido se ponga a ‘furular’ (trabajar para aquellxs no procedentes de la tierra donde las casas no se pintan sino que se suelen blanquear).

Largas horas en un tren uzbeko

‘Calma, calma Roberto, todo se andará. Tan solo 18 horas más y empezarás de nuevo a volar.’ – siento que me dice una vocecilla desde las entrañas o algún lugar oculto que no llego a divisar.

Tres semanas han pasado desde que dejase mi querido hogar, mi familia y esa gente que me ha arropado. Sin embargo, no me ha faltado el calor de verdad. En todos los sentidos, ya que por estos lares sin salidas al mar, parece que estuviéramos en un horno de pan a 200 grados o más, lo cual imposibilita incluso el respirar.

‘Жарка, жарка’, repiten sin parar cuando me ven pasar. Que en nuestra querida lengua sería algo así como asarse cual pollo de domingo para almorzar, si bien es cierto que algunxs en España también de‘la caló’ se pueden quejar.

Aunque en lugar de quejarme, cierto que a veces no lo puedo evitar, prefiero aprovechar lo que esta vida nos da, en forma de momentos difíciles de olvidar.

Porque tanto en Kirguistán como en Uzbekistán he tenido la suerte de encontrar una familia. Pero vayamos por partes que con tanto nombre raro nos podemos liar.

Nada más llegar el día 28, mi joven amigo kirguizo Nurzhigit me insistió para que a su casa me dirigiera, sin opciones para rechazar una oferta sin igual: pasar una semana en un ambiente familiar tan igual y diferente a la par. No me lo pensé dos veces, y tras superar el jet lag, propio de un viaje entre los husos horarios tanto espacial como temporal, me dirigí a su pueblo en marshrutka (así llaman a las furgonetas en los países que pertenecieron a la antigua URSS), cruzando pasos de montaña que me hicieron alucinar por sus aguas cristalinas, e increíbles yurtas de los pastores que vienen a trashumar con sus manadas de caballos y ovejas, para que del fresco pasto en la época estival puedan disfrutar.

Cabra degollada usada para jugar a Kok boru

Aquello no era nada, mucho me quedaba por aprender de la vida local, donde intenté sumergirme y sobre todo ayudar. Estuvimos cavando hoyos de 4 metros que sirven como letrinas al aire libre (algo impensable en el mundo occidental), caballos usados como elemento fundamental en sus vidas y hasta para un deporte en el que deben ‘encestar’ una cabra degollada para poder ganar (kok boru – juego nómada de Asia Central con origen en Mongolia); darme cuenta que todo se puede aprovechar, incluyendo las heces de los animales que como combustible para cocinar después se usarán, o cómo una pelota pinchada se puede todavía utilizar para jugar con los niñxs en las sencillas calles del pueblo sin asfaltar… increíble la simplicidad de sus vidas y la alegría por compartirla con aquel extraño que acababa de llegar.

Allí, en ese enclave bucólico entre tres de los “Stans”, donde los límites y fronteras se disipan entre picos nevados y verdes propios de una paleta de pintar; allí donde la paz parece reinar (salvo cuando se te quiere presentar algún borracho amistoso) y lxs niñxs libres e independientes no dejan de experimentar; donde la comida es fresca y sin procesar y la leche de yegua es fermentada y preparada para tomar (kumis); allí, donde no existe el individualismo y todxs comen compartiendo de un mismo plato central… allí me gusta a mí estar.

Almuerzo kirguizo

De las montañas al desierto de Bukhara (Uzbekistán), al reencuentro con Carmela exactamente 8 meses después y con la familia de Rakhima a la que tanto he de agradecer. Duchas frías para combatir el calor que de forma constante no dejaba de apretar, mientras amenizaba las horas con otrxs cicloturistas o me desesperaba con Carmela por no poderla arreglar.

Mientras tanto, me han llegado a comparar con Alejandro Magno o Mowgli, sin saber muy bien el porqué. Ahí lo vamos a dejar.

Primeros kilómetros sufridos para pasar de Uzbekistán a Kirguistán (volvemos a estos nombres que ya de algo te deben sonar), con calambres horribles ya cayendo la noche, con la luna llena observándome y a menos de 2 km de aquella frontera que estaba deseando cruzar. Al suelo, abatido, sin poder moverme ni por supuesto pedalear… tocaría andar para así poder llegar a mi destino final: Osh.

Tras dos días y medio de descanso, para recuperar el cuerpo, hoy toca hacer frente de nuevo al mercurio a punto de estallar. ‘Precauciones Roberto, o en la carretera sucumbirás’ – la vocecilla ha vuelto a hablar y creo que la he de escuchar.

Pero no podría terminar sin resaltar este gran halago entre abrazos y fotos de despedida de mi anfitriona y amiga Rakhima Norova

‘Tú ya no eres un cicloturista más para nosotros, sino un nuevo miembro de la familia’.

Rakhima Norova

Y así doy fin a este intento de historia ‘rimada’ y llena de -ar. Quizás sea este calor que me está haciendo ya desvariar… pero prometo que no ocurrirá más.

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