Pura cultura tibetana

‘¿Has estado alguna vez tan en forma como ahora?’

Preguntó Arjun, un joven mochilero inglés que escuchaba con curiosidad los detalles de mi aventura. Y aquellos diez minutos iniciales de preguntas estereotipadas entre dos viajeros solitarios derivaron en amenas horas de conversación continua, junto a algún que otro litro de cerveza, como si nos conociéramos de toda la vida.

Conversación en la que surgieron grandes ideas que podrían dar lugar a interesantes proyectos en un futuro no muy lejano relacionados con Tras mis pasos y la forma en que se está desarrollando este viaje. Pero cada cosa a su tiempo.

Todo ocurrió hace justo un mes, en mi última parada en el norte de Vietnam antes de cruzar la frontera hacia China, y tras haber recorrido las bonitas montañas del país de Ho Chi Minh.

Pero no, sin duda no estaba en mi mejor momento y honestamente le respondí, sobre todo teniendo en cuenta el sufrimiento con el que había pasado los puertos por debajo de 2000m hasta entonces y pensando en lo que vendría más adelante, si quería llegar a la Meseta Tibetana.

Arcoiris y caballos en la meseta tibetana

Hoy por hoy, desde la ciudad de Chengdu, puedo decir que ha sido duro. Pero tanto mis piernas como mi cabeza han sabido responder a las exigencias del terreno y las inclemencias del tiempo en muchas ocasiones, convirtiéndose en una lucha encarnizada entre la naturaleza y yo, sin lugar para cobijarse en los largos puertos de montaña a más de 4000m, y sin otra opción que seguir adelante sin mirar hacia atrás, tan solo permitido para disfrutar de las maravillas con las que me ha deleitado la región tibetana.

Han sido dos de las mejores semanas desde que empecé este viaje, recorriendo lugares recónditos y descubriendo esa simpleza y pureza que iba buscando en las personas que he ido encontrando.

Ya fuera compartiendo una conversación de NBA (con casi nada de inglés) a más de 4200m al calor de la lumbre en un asentamiento tibetano, donde me dejaron poner mi tienda después de un largo día de ascenso (30km por carril) y cuando no tenía dónde dormir; siendo perseguido por niños y niñas con sus caras y manos rojas quemadas por el frío y el viento a estas alturas, al mismo tiempo que saludaban de manera incesante al grito de ‘Takse Dele’, como dicen en estos lares tan diferentes a la China convencional y de grandes urbes; o invitado a sentarme un rato junto a las más veteranas del pueblo para ‘conversar’ y admirar mutuamente las grandes diferencias que se hacen pequeñas en tales preciados momentos.

Sorpresa al ver extranjeros

Rodeados por bosques de coníferas, a la orilla del río Yangtze entre las formaciones rocosas que forma a su paso, en valles profundos entre las montañas que íbamos recorriendo o en las extensas estepas verdes interminables, Carmela y yo hemos cruzado poblaciones de lo más variopintas, siempre con una gran presencia de yaks, vacas y caballos que habitan la zona.

Caseríos blancos en su exterior y con una colorida ornamentación interior, o marrones y mucho más simples en la región Kham, mezclados con las yurtas (tiendas de campaña circulares) que los nómadas y pastores montan en temporada y los templos rojizos donde aún los monjes, con sus túnicas de color burdeos, preservan una de las señas de identidad tan prohibidas por el gobierno chino. Pero entre todas ellas llaman la atención las pagodas alrededor de las cuales sus habitantes dan vueltas al tiempo que rezan el rosario, consideradas además puntos de encuentro de la población, y las clásicas banderas de rezo que te recuerdan continuamente que estás en una zona muy especial: TÍBET.

Pensando en lo afortunado que he sido viendo tales grupos étnicos, su forma de vida y hábitats naturales, me ha venido hoy a la cabeza un libro que me encantaba cuando era chico. Se llamaba ‘Niños como yo’ (de Unicef), y en él se explicaba de forma resumida y mediante fotos cómo vivían otros niños de diferentes partes del mundo, estando especialmente interesado en los modelos familiares, costumbres y vestimentas de los niñ@s asiáticos y más concretamente los tibetanos.

Casa tibetana

Y a mis 30, casi 31 años, puedo decir que estoy viviendo un sueño descrito en un libro, donde todos somos iguales, donde la buena intención y hospitalidad no tienen color, aunque en el exterior seamos tan diferentes los unos de los otros.

Fascinado me hallo.

Ahora es el momento de comenzar a mirar hacia el oeste en el mapa, por primera vez en un año, para empezar a dirigirme hacia ‘casa’, ya con la extensión de 30 días más de visado en mis manos.

China, no dejes de sorprenderme del mismo modo que lo estás haciendo hasta ahora.

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