Bajo el profundo manto blanco

Se hacía tarde. La noche y las horas parecían elongarse frente a mí,y yo entretanto revisaba una y otra vez mis pertenencias colocándolas meticulosamente en las alforjas, cada una designada para un fin concreto. La ropa en las delanteras, herramientas y tienda en la trasera derecha… Me sentía como aquel primer día que tuve que empaquetar todo lo necesario para vivir a lo largo de los años viajando y vagando por el planeta en bicicleta. ¿Nervios? Quizás… Aunque no exactamente.

Más bien sentía cómo esa ilusión por recorrer los caminos se desbordaba en mi cabeza al ver todos y cada uno de los objetos que, desde el día siguiente, me proporcionarían la libertad de moverme con Carmela en busca de nuevas sensaciones y encuentros fortuitos. «Llevo mucho peso», me repetía a mí mismo. Se me había olvidado ya lo mucho que pesan esos sueños y deseos de aventura que llevo en mi equipaje.

Cambiar la comodidad del que ha sido mi hogar en estos últimos meses aquí a orillas del Mediterráneo, por el polvo y la humedad en mis zapatos, el barro acumulado en Carmela, la ropa usada un día tras otro, el frío (hasta -15) que te cala hasta los huesos y que insensibiliza los dedos de las manos a pesar de llevar dos guantes puestos y, porque no decirlo, la incomodidad que a veces supone el camino sobre todo en estos días de invierno. A pesar de todo, siento que éste es mi lugar y la forma de conectar mi mejor yo con lo que/quienes me rodean, por lo que salir de esa zona de confort me cuesta mucho menos de lo que dura un suspiro.

Tuğba y yo en las montañas nevadas

Esta vez me acompañaría Tuğba, la cual me ha acogido en estos meses invernales, para compartir parte del recorrido circular que tenía planeado realizar, con inicio y final en Yanıklar (mi casa en este período) y visitando antiguas ciudades licias (Pinara, Tlos y Kibyra), bosques, lagos y montañas en nuestro camino, sin un plan mayor que el de disfrutar unos días juntos pedaleando.

Lo necesitaba. Quería volver a vagar por carreteras y caminos, prácticamente sin rumbo, más que aquel que marca el viento y mi querida Carmela en el pavimento. Sin importar los kilómetros, ni tan siquiera el tiempo, sino disfrutar de ese preciso momento.

Sentimientos de liberación afloraban por los poros de mi cuerpo ya desde los primeros kilómetros conforme nos alejábamos de casa, para adentrarnos en las abruptas montañas que tan cercanas se ven desde las playas. Pocos kilómetros de distancia recorridos para sumergirnos en un entorno tan diverso y mágico a la vez, donde nos vimos obligados a dejar de lado las prendas cortas para ataviarnos y calzarnos con múltiples capas tratando de vencer las bajas temperaturas que nos acechaban.

Tumbas licias en Pinara

Y es que tuvimos la suerte, o mala suerte según se mire, de disfrutar de los días más gélidos de esta estación invernal a unos cuantos metros de altura (1200-1800m) y con previsiones de nieve justo cuando planeábamos la subida al pintoresco Yeşil Gölü (Lago Verde), lugar de culto y especial significancia para los alevíes, en un emplazamiento único al estar literalmente encajado entre montañas.

650m de desnivel en apenas 6km para llegar exhaustos al ya citado lago, con el tiempo justo para establecer el campamento antes de que comenzase a caer una intensa nevada de más de 8 horas, e introducirnos en nuestros sacos de dormir cubiertos con toda la ropa de abrigo que contábamos, haciendo de nosotros auténticos muñecos de Michelin con reducida movilidad. Tan solo abriríamos cautelosamente la tienda para admirar el blanco manto que paulatinamente se estaba forjando en el exterior y que junto al hielo que se iba formando dificultaría la salida de la misma.

A pesar del frío no dejé de disfrutar ni un momento de la situación tan especial que estábamos viviendo, allí, aislados por la nieve en un paraje que nos dejaría deslumbrados por su belleza cuando a la mañana siguiente abrimos nuestros ojos y la cremallera de la tienda.

Vistas matinales de la tienda cubierta de nieve
en Yeşil Gölü

Nunca había presenciado semejante espectáculo visual desde mi tienda, de ahí que me sintiera como un niño que por primera vez se enfrenta a la nieve con la intensa carga de emociones que ello conlleva. Carmela y Pasitos (dinosaurio y nuevo acompañante en mi viaje) no parecían estar tan contentos, al haber pasado la noche completamente cubiertos por quién sabe cuántos centímetros de polvo blanco. Eso sí, tocaría empujar y pedalear por caminos nevados para poder salir de allí y descender nuevamente a las llanuras níveas, pensando en lo sumamente agradecido que estaba por haber vivido ese momento excepcional.

Y en apenas dos días pasé del blanco de la nieve al de los maravillosos minerales que conforman las orillas del lago de Salda (1100m). El renombrado Maldivas turcas por la claridad y transparencia de sus aguas turquesas y el blanco casi reflectante de sus playas.

Allí, dentro de mi tienda y ya en solitario, me disponía a gozar del sosiego de otro entorno digno de admiración y estudios propios de la NASA, con temperaturas finalmente algo más agradables al caer la noche (-7°C) y un lago de una belleza indescriptible que se abría ante mí llamándome a sus aguas. Todo hay que decirlo, me bañé por la noche y a la mañana siguiente. O mejor dicho, me sumergí durante no más de 45 segundos al estar «ligeramente» fresca el agua.

Lago de Salda, las Maldivas turcas

No percibo ruidos ahí fuera. Me gusta mantenerme en silencio ante la quietud del lugar donde acampo mientras corto ese ajo y esa cebolla que nunca faltan en mi menú nocturno, pudiendo percibir sonoramente cada corte realizado previo al intenso rugir del nuevo hornillo de gasolina que ando probando en estos días.

Y a continuación… Vuelve la tranquilidad más absoluta, indicando el comienzo de un gran festín a la luz de una luna que corre por estar llena y con un millón de estrellas como invitadas de honor.

Viajar es dejar caminar el alma

Tras mis pasos
Sensación de libertad
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