Ashgabat, la ciudad sin alma

Ashagabat, la peculiar capital desértica de Turkmenistán, y no precisamente porque esté situada próxima al desierto y en el medio de la nada, que también, sino por el silencio reinante en sus calles céntricas y no tan céntricas, dónde la vida humana brilla por su más absoluta ausencia. Pero, ¿por qué?

La ciudad se encuentra repleta de los más ostentosos y opulentos edificios de mármol blanco que uno pueda imaginar. Palacios presidenciales, ministerios, teatros y óperas (a pesar de estar prohibido el arte), hoteles de lujo, fuentes, monumentos y mausoleos esperpénticos en la memoria de sus ‘fabulosos y admirados’ presidentes, parques y hasta una ridículamente moderna villa olímpica.

¿Se imaginan una mezcla entre Las Vegas y Pyongyang? El resultado sería Ashgabat, fruto del autoritarismo y más elevado egocentrismo llevado a la práctica por sus líderes en forma de dictadura totalitaria. Tanto que, el ya difunto y excéntrico presidente, apodado por si mismo como Turkmenbashy (padre de los turkmenos) y considerado Presidente Eterno, nombró los meses y días de la semana a su antojo incluyendo el nombre de su madre y otros héroes nacionales.

Palacio de ceremonias

«Cientos de personas limpiando sus calles y barriendo el asfalto impoluto y reluciente de las avenidas vacías de hasta 6 carriles que recorren la ciudad. Allí, con sus caras y cuerpos cubiertos para evitar el abrasador sol de verano, dejando espacio tan solo para sus ojos al reflejo del blanco mármol, mientras otros en sus palacios y edificios ministeriales se benefician del trabajo forzado al que someten a su pueblo empobrecido, sumido en la inflación y la opresión.

Parques y más parques, bancos aquí y allá que lamentablemente no se ocuparán tampoco esta tarde, ni quizás mañana (no había corona cuando pasé por allí). Porque parecen estar puestos para impresionar a no sé quién o por el simple hecho de tener algo ejemplar y de esta forma alimentar el ego de esos pocos.»

Así es Ashgabat, una ciudad vacía, una ciudad sin alma.

Parece como si su presidente estuviera jugando al Sims y diseñando su propia ciudad a su antojo. Ver para creer.

No obstante tuve la suerte de ser acogido por Begench, un local que había estudiado en Turquía y que contra todo pronóstico me abrió las puertas de su casa aún sabiendo que por ello podía ser detenido. Gracias a él pude aprender todo lo redactado anteriormente. Como siempre la amabilidad del pueblo ante las medidas de sus políticos.

Begench se arriesgó a acogerme en su piso

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