Pensamientos sobre Irán – 8 julio 2020

Hace un rato mientras escribía mi diario, una hoja suelta ha caído del mismo llamando mi atención. De inmediato he sabido de qué se trataba. Era aquel pedazo de papel en el cual tenía escrito el alfabeto farsi y que con cariño guardaba al cobijo y el calor de las otras palabras por las que se encuentra rodeado.

Lo he vuelto a poner en el día que le correspondía, el tercero o cuarto de mi estancia en Irán, y no he podido evitar releer aquellos días que tanto se hicieron esperar. Un día, dos, tres… y ahí lo he tenido que dejar.

Los recuerdos eran tan vivos, las imágenes tan candentes que por un momento he deseado con todas mis fuerzas cerrar mis ojos y al abrirlos aparecer de nuevo en dicho país que me trastoca cada vez que me acuerdo de él o escucho ese dulce sonido del kamancheh.

Amable vendedor kurdo en Mariwan

Qué pena no poder volver a sentir sus gentes aunque lo desee a más no poder. Es en momentos así cuando me doy cuenta de que ha habido países especiales durante mi recorrido por Asia hasta mi llegada a Georgia, por sus paisajes, comidas, anécdotas, etc. Pero ninguno me ha enamorado como lo ha hecho Irán; porque como te hace sentir su gente, será siempre especial. Volveré, estoy seguro de que algún día lo haré. Inshalah.

Con estos recuerdos y con los ojos cargados de lagrimas a punto de brotar, se acentúan aún más mis ganas de cruzar a Turquía y volver a experimentar esa hospitalidad que solo los musulmanes saben dar. Vuela mi cabeza, vuela sin yo poderla controlar.

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