India – 6 Marzo 2017

Si el día para llegar a Maheshwar fue largo, ayer fue sin duda alguna el día más largo de autostop. Llegué tardísimo a Udaipur sin ni siquiera fuerzas o ganas para escribir.

Me desperté temprano, al alba, para desmontar la tienda y empaquetar todo antes de prepararme para salir de Mandu a dedo. Todo esto bajo la atenta mirada del amigo indio que vino a despedirse.

Pasaron tan sólo tres minutos cuando, a las afueras del pueblo, un señor muy amable accedió a llevarme hasta Dhar, una ciudad a unos 35 kilómetros de distancia. Éste me dejó al lado de la imponente fortaleza que tiene la ciudad desde donde partía la carretera a Ratlam, a 100 kilómetros. Otras dos motos y un taxi compartido me sirvieron para llegar al cruce de una ‘autovía’ directa a dicha ciudad. Pero no, tampoco en esta ocasión cogería un solo coche para llegar a ella. Primero sería un coche con dos jóvenes que no paraban de echarse selfies conmigo, incluido el conductor, para subirlas directamente a Facebook.

Serios para la foto

Seguidamente fue un bus local, lo cual no era lo mejor, sobre todo pensando en cómo salir de la ciudad a mi llegada, ya que la estación estaba en el centro. Y ahí llegarían los peores momentos, cuando el sol estaba ya en todo lo alto pegando fuerte, entre la multitud, queriendo salir rápido y avanzar a más velocidad. Un rickshaw me ofreció salir gratis de la ciudad mientras andaba por las calles aledañas a la estación. ¡Perfecto!

Tan sólo sería un espejismo ya que después vendrían otros dos coches y una moto más para completar la friolera de 25 km y encontrarme en medio de una carretera de pueblo sin apenas tráfico. Las cosas no podían ir ‘mejor’ hasta que de la nada apareció un pequeño camión blanco, con varios sacos en la cabina del conductor y no demasiado espacio para las piernas y mi mochila, pero que me sacó finalmente de aquella zona para llevarme a Banswara (65 km.), ya en el estado de Rajasthan. La verdad es que, a pesar de no hablar con el conductor fue el transporte que más había disfrutado hasta el momento, ya que era la primera vez haciendo autostop que subía en un camión.

La primera vez haciendo autostop que subía en un camión.

Otro par de coches, un joven que no hacía más que preguntar por el teléfono de contacto de cualquier amiga mía española (obviamente me negué) y un hombre de 63 años, con el cual tuve muy buenas conversaciones, me llevaron a unos 25 kilómetros fuera de Banswara. Y he aquí el momento decisivo de la jornada, cuando dos indios de mediana edad que habían hecho una parada para comprar bidies (tabaco local), me invitaron a montarme en su camión (de los largos) para ir hasta Udaipur a 135 km. No me lo podía creer, no tendría que buscar más transporte en ese día. Eso pensé, iluso de mí.

Fue un viaje bastante cómodo ya que los camiones en la India están acondicionados con unos colchones en la parte delantera de forma que te puedes tumbar, ir sentado con las piernas cruzadas… ¡Una pasada! Eso sí, la velocidad es nula y el traqueteo constante a causa de los baches, con algún que otro golpe en la cabeza. Hicimos hasta tres paradas: una para lavar el camión, ducharse con el agua de una pileta y tomar un chai. Las otras dos por problemas técnicos con los fusibles. Ahí ya me pude dar cuenta de algunas diferencias con respecto a otras zonas de la India. Aquí los hombres suelen llevar como un pañuelo liado en la cabeza y, bastante a menudo, pendientes de oro, cosa poco frecuente en el resto del país.

Estación de autobuses típica

A diez kilómetros de mi destino, me bajaría del camión en un cruce sin luz alguna, para intentar buscar algún autobús o rickshaw, pero no había nada. Tuve que soportar a unos borrachos que, al parar el coche y dar marcha atrás para hablar conmigo, pincharon una rueda y me querían llevar a la ciudad, lo cual no me hacía mucha gracia. Fue entonces cuando un último camión me recogería para llevarme hasta la estación de trenes.

Para completar el día tuve que andar 3,5 kilómetros para llegar a la zona del lago Pichola donde se concentran los hostales. Por fin, después de más de trece horas, estaba en el hostel y con unas vistas directas al lago.

Allí, en un tranquilo porche arqueado me relajé un rato antes de ir a dormir. Una auténtica paliza de día, pero lleno también de buenos momentos y anécdotas.

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