India – 25 Febrero 2017

Despertarse bien temprano, ya que los monjes se levantan al alba, salir fuera del templo, ir a ponerme las sandalias y darme cuenta de que falta una de ellas: ‘Malditos perros’ dijo el monje principal, el cual junto a los otros inició una búsqueda alrededor del templo, entre multitud de jóvenes realizando ejercicios de bodyweight en las instalaciones, aprovechando el frescor de la mañana.

Tras una búsqueda en vano, fui a visitar las cuevas budistas en las montañas al lado del templo, desayunar y sentarme un rato en la colina donde, nada más llegar, me sorprendió un gran pavo real. Además pude observar como cerdos, ardillas, comadrejas y distintos tipos de aves viven en este bosque seco durante la mayor parte del año, salvo en esos dos o tres meses de monzón en los que goza de abundante vegetación.

Noche en templo budista
tras un día intenso de autostop

Alrededor de las 11 me despedí del monje mayor y me dispuse a andar los 2 km que me separaban de Bili, una versión reducida del Taj Mahal. Y como en estos últimos días, la amabilidad india se dejó notar pronto, cuando al cabo de 500 m un muchacho se ofreció a llevarme en moto al palacio, el cual finalmente no visité. Allí pare para comer unos deliciosos Vada Pav (sándwich con una bola de patata dentro) y otro muchacho comenzó a interesarse por el piercing del labio, de si dolía o molestaba, etc.

Sí, los indios son muy curiosos y están siempre dispuestos a entablar conversación. Al finalizar de comer, Siddharth (así se llamaba) me llevó en moto a la carretera que iba a Daulatabad, donde tenía la intención de visitar la fortaleza y acampar. Una vez en la carretera los conductores de rickshaws me abrumaron con ridículos precios para tan solo 17 km de distancia. Me alejé un poco del cruce y en menos de 2 minutos un hombre con su hija, que ni siquiera iban en esa dirección, me invitó a que me montara para llevarme a mi destino.

Una vez más se demuestra la disposición de ayudar de los habitantes de este país.

Estreno de mi tienda
Daulatabad fort

Tras 20 minutos andando alrededor del foso de la fortaleza, encontré una especie de entrada con tres torres alrededor y tres vestíbulos abovedados. Al estar a la sombra, a cubierto y tras confirmarme un pastor de la zona que no había ningún problema en dormir aquí, o eso deduje yo porque todavía no entiendo mucho de hindi a pesar de tener conversaciones con la gente, decidí montar mi tienda entre aquellos muros.

En este pequeño enclave he pasado el resto de la tarde-noche, descansando, escribiendo y disfrutando del silencio, a veces roto por lo que parecía la música de una boda. Todo perfecto salvo por la escasez de agua (con tantas emociones, se me olvidó comprar).

P.S. Antes de irme del monasterio/templo, el monje me ha dado otro par de sandalias que al menos me servirán para reemplazar las ya perdidas.

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